MANUEL FERRER

Blog personal de Manuel Ferrer Muñoz


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Lázaro Cárdenas: ¿ciego, miope o cínico?

Lázaro Cárdenas: ¿ciego, miope o cínico?

¿Por qué se le ocurriría al general Lázaro Cárdenas la disparatada idea de alabar la intención revolucionaria de Carlos Fuentes, autor de La muerte de Artemio Cruz?

¿Acaso ignoraba la razón por la que el joven oficial Cruz, a lomos de su caballo negro, emprendió la larga cabalgada hacia el sur, con la tea en alto y el odio a los federales en sus entrañas?

La muerte de Regina -no los ideales revolucionarios- recordó a Artemio la tarea concreta que le había sido asignada por su viejo maestro Sebastián, y le mostró el hilo que necesitaba para recorrer sin extraviarse el laberinto de la guerra.

Muerta Regina, dejó de haber un proyecto que compartir. El abrazo a la revolución fue el último recurso que quedó al soldado a quien se arrebató el amor de su vida. Matar pelones se convirtió en la satisfacción de un grito interior que demandaba venganza. Pero la revolución, considerada en sí misma, era sólo un suceso pasajero y, a la vez, una oportunidad privilegiada para justificar la rapiña mediante la invocación de las batallas y de los jefes.

Así lo prueba la biografía de Artemio Cruz –un pelado en sus orígenes, enseguida don Artemio- tras el gran torbellino revolucionario: una vergüenza continuada que transcurre durante las últimas décadas en medio del disimulo de la meseta mexicana. Actuaciones impúdicas, desde el matrimonio con Catalina hasta sus manejos como terrateniente, como diputado federal (una postulación arreglada con el gobierno, en reconocimiento de sus méritos revolucionarios) o como editor de un influyente medio de comunicación, pasando por la administración del empréstito ferrocarrilero, los negocios con norteamericanos, en su calidad de hombre de paja, o los millones de dólares depositados en bancos de Zürich, Londres y Nueva York, de los que no existía ningún registro contable: ¡todo un ideal de ética revolucionaria coloreada con el pasar de los años por el cauteloso temor a la conjura roja, esa infiltración exótica en la nobilísima revolución mexicana que había que aplastar a macanazos!

Antes incluso de que se escribiera toda esa degradante historia, el mismo primer encuentro con Regina había sido tergiversado, de mutuo acuerdo, para disfrazar la brutalidad de una deshonra con la ficción de un falso romántico enamoramiento en las costas de Sinaloa. Y Regina fue la única mujer que amó a Artemio sin que mediara dinero…

¿De veras creía Cárdenas en la intención revolucionaria que fingía proyectar esta novela de Carlos Fuentes? ¿O será que el viejo general deliberadamente se engañó o nos mintió? Porque, si los sacrificios que exigió la revolución condujeron a la sociedad que encarna Artemio Cruz, protagonista de una vida muerta transmisora de una falsa tranquilidad, de una concordia ficticia, de un poder sin grandeza, de una estulticia consagrada, ¿no sobran motivos para maldecirla?

¿Pudo Lázaro Cárdenas leer la novela de Fuentes sin que le invadiera un sentimiento de complicidad y de vergüenza?

El mismo Carlos Fuentes parece titubear cuando descorre el velo que oculta la abyección de un revolucionario. En vano tratará de convencernos de que la corrupción en México venía de antes: corrupto era don Gamaliel Bernal, hipócrita catolicón poblano, miembro de una familia enriquecida a costa de los bienes de la Iglesia expropiados por Juárez; y cómplice de esa podredumbre era Remigio Páez, caricaturizado como pitoflojo y grotesco padrecito que garantizaba la salvación eterna de don Gamaliel a cambio de su protección terrena.

¡Al fin y al cabo don Gamaliel había pagado el tributo de sangre a la revolución en la persona de su hijo Gonzalo! ¡Y Páez fue arrastrado a la muerte por el fanatismo obregonista!

¡Al menos don Gamaliel actuaba como bondadoso déspota ilustrado, duro aunque proveedor, eslabón de una cadena que, con la tradición, aseguraba el buen gusto, la cortesía, la cultura!

Por supuesto que Artemio Cruz no es una escoria humana, y que laten en su corazón anhelos de nobleza y ansias de redención: pero serán éstas esperanzas frustradas por su propia cobardía y por su orgullo de macho, que harán de él la solitaria momia de Coyoacán. Un saldo, en cualquier caso, que no justifica la canonización del personaje que encarna Cruz como prototipo de revolucionario ejemplar: aunque probablemente no sea ningún disparate suponer que cuantos sobrevivieron a la revolución en posiciones ventajosas (incluso por méritos propios) sucumbieron después -¿todos?- a la tentación del seréis como dioses y a la voz fría del poder y del interés.

Tal vez haya que admitir, con inmenso dolor, que la revolución fue devorada por sus propios hijos: y no porque estuvieran hambrientos o por el temor de que pudiera llegar el hambre, sino porque su glotonería demandaba más. Tal vez debamos reconocer, con Catalina Bernal y con el “otro” Artemio Cruz, que no hubo entre las filas de los revolucionarios hombres santos ni verdaderos mártires[1].

¡Qué hermoso el deseo del mayor bien posible para la patria!… “mientras sea compatible con nuestro bienestar personal” (la confesión viene del “otro” Artemio). La entrega revolucionaria tiene un límite, hay que dosificarla: porque, si pierdes el poder, te chingan; y, además, el poder no se comparte…

¿Habrá, pues, de extrañarnos que la criatura de Cárdenas, el partido político que acertó a presentarse a sí mismo como depositario de las esencias de la revolución, institucionalizara los mecanismos para detentar en exclusiva el poder y graduar la porción de migajas que, con sabia periodicidad, se repartían al pueblo para contentarlo?

Reservado el gobierno para el partido hegemónico, el concesionario exclusivo de las dádivas podía escribir la historia, manipular voluntades, comprar a los periodistas, asesinar estudiantes, desvelar justicieramente las miserias de los pérfidos conquistadores españoles, repudiar los sucios tiempos del porfiriato y la vileza avara de frailes y curas…

La verdad, sin embargo, se abre siempre camino: a veces con tardanza de siglos.


[1]         Octavio Paz achaca el incumplimiento de las esperanzas suscitadas por la Revolución tanto a los escritores como a los propios “revolucionarios, tan pronto corrompidos. Ellos hicieron hermético, insensible, al pueblo mexicano que, por primera vez, en su historia, había despertado (Paz, Octavio, Primeras letras (1931-1943), Barcelona, Seix Barral, 1988, p. 260).

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Carta Abierta al Rector de la Universidad Autónoma Latinoamericana de Medellín

Acabo de leer una convocatoria de la Universidad Autónoma Latinoamericana de Medellín, que pone en marcha un proceso de selección de hojas de vida, para alimentar el Banco de Información de Docentes Elegibles, como docentes de Tiempo Completo y Medio tiempo.

Aunque mi perfil no se corresponde con los que constituyen el objeto de la convocatoria, como podrán apreciar, si lo desean, por mi blog personal (https://ferrermanuel.wordpress.com/), me gustaría trasladarles algunos comentarios que me parecen importantes.

La primera impresión que extraigo de la lectura de esa Resolución es que se incurre en un procedimiento tan enrevesado y burocratizado que se disuadirá a muchos potenciales valiosos candidatos. Les aseguro que, de encajar mi perfil entre los que se contemplan en la convocatoria, hubiera excluido cualquier propósito de presentarme.

Aunque comprendo que es difícil mantener el equilibrio entre un exceso normativo y la ausencia de reglamentación, la convocatoria que ustedes han puesto en marcha es desproporcionadamente puntillosa. Les invito a mirar portales de universidades de fuera (por ejemplo, las de Canadá), para advertir que la seriedad no va reñida con las facilidades procedimentales.

Como español que realiza una larga estancia en Colombia, por razones familiares y profesionales, me ha sorprendido la redacción del PARAGRAFO 2: “La experiencia profesional y universitaria obtenida en el Exterior, debe ser refrendada por la autoridad diplomática o consular competente”. Les aseguro que a mis 58 años y más de veinticinco de vida académica nunca había visto nada semejante.

Tan sólo la lectura de esos renglones resulta disuasoria para cualquier profesional que posea una hoja de vida mínimamente presentable. Por consiguiente, únicamente extranjeros carentes de trayectoria académica podrán concurrir, y no creo que sea eso lo que se pretende. ¿Conoce la persona que ha establecido ese requisito, absolutamente exagerado, lo que entrañaría, en tiempo y en dinero, ese refrendo de la experiencia profesional y universitaria obtenida en el Exterior por la autoridad diplomática o consular competente?

Les ofrezco mis disculpas por mi atrevimiento, pero amo la institución universitaria y no puedo por menos de escandalizarme cuando advierto desatinos de esta categoría: desatinos que, indudablemente, no son achacables a la Universidad sino a un funcionario demasiado apegado a los papeles y muy distante de la realidad y de la excelencia académica.

Mi escándalo es mayor cuando comparo la irracionalidad de esos procedimientos burocráticos y la espontaneidad de los orígenes de la Universidad Autónoma Latinoamericana de Medellín, asociados a la conciencia de la justicia de unas reivindicaciones estudiantiles que habían sido menospreciadas por la Universidad de Medellín, posiblemente en nombre de principios de orden público y de normativa pseudouniversitaria.

Estoy seguro de que este llamado a la cordura, realizado con la mejor intención del mundo, provocará un debate interno del que sólo puede resultar una rectificación que redundará en beneficio de la Universidad.


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La coyuntura de la Guerra Civil española y la intensificación de los flujos migratorios de Canarias a Port Étienne

Introducción

Las líneas que se reproducen a continuación dan acogida al cúmulo de materiales acopiados en el curso de una prolongada investigación, realizada con base en pormenorizadas consultas bibliográficas y hemerográficas y, de modo particular, en conversaciones con protagonistas de la época o con personas de sus entornos familiares y sociales, mantenidas en Nuakchot (enero a julio de 2009), Gran Canaria (facilitadas muchas de ellas gracias a la implicación del Consulado de Mauritania, que desde 2008 proporcionó una ayuda invaluable), Lanzarote (julio de 2005 y abril de 2009) y Nuadibú (enero y junio-julio de 2009).

El recurso a la historia oral nos ha permitido recoger testimonios de sumo interés sobre la llegada de población canaria al norte de Mauritania, intensificada a raíz del conflicto civil que se abatió sobre España entre 1936 y 1939, y reconstruir los aspectos más notables del prolongado contacto de moros e isleños, a través de numerosas entrevistas: aquí radica el aspecto más interesante de la investigación llevada a cabo. No en vano ha podido decirse de la historia oral que constituye uno de los instrumentos más adecuados para el estudio de fenómenos de amplias magnitudes, como son precisamente los grandes movimientos migratorios[1]. Poco han aportado, sin embargo, las fuentes impresas, por lo general imprecisas y sólo tangencialmente relacionadas con la cuestión sobre la que nos proponemos arrojar alguna luz en este breve texto.

Para concluir estas palabras de presentación, debe dejarse constancia del apoyo recibido para la investigación de parte de la Dirección General de Relaciones con África del Gobierno de Canarias, que ha cubierto parcialmente los gastos relacionados con el estudio que hoy sale a la luz.

Las vísperas del conflicto

Antes del estallido del conflicto civil español de 1936-1939 había ya una significativa afluencia de marineros canarios a Port Étienne, atraídos por las posibilidades económicas que ofrecían los fondos marinos próximos a las costas del norte mauritano. Algunos de ellos, que habían practicado la pesca en esas aguas desde la más temprana adolescencia, acabaron por emplazarse en aquel incipiente núcleo urbano: lanzaroteños en su mayoría, empezaron a vender pescado a la Société Industrielle de la Grande Pêche (Sigp), que les adelantaba ocasionalmente pequeñas cantidades de dinero para las compras del material necesario para las labores de la pesca[2]; y otros entraron a trabajar en esa compañía francesa cuyos orígenes se remontaban a 1919, escasos meses después de la terminación de la Gran Guerra, y que a los tres años del inicio de sus operaciones empleaba ya en Port Étienne a doscientas personas que faenaban en tierra.

En 1924 se terminó la construcción de las instalaciones de la Sigp: un edificio administrativo, viviendas para los empleados, naves para las factorías pesqueras, talleres, una pequeña central eléctrica, una panadería. Esas obras de albañilería corrieron a cargo de jornaleros canarios, supervisados por capataces franceses; y, como los isleños constituían también la principal mano de obra para el abastecimiento y la elaboración de pescado[3], no tardaron en producirse los primeros asentamientos estables de naturales de las islas, que desarrollaron un barrio junto a la bahía de Descanso, contiguo al pequeño poblado moro que se había formado como consecuencia de la creciente demanda de mano de obra local y de productos del país.

Uno de los primeros isleños que se incorporaron a la plantilla de la Sigp fue Pepe Chirino (más conocido como Pepe Velázquez), contable de la casa Blandy, cuyos propietarios mantenían cordiales relaciones con los de la sociedad francesa. Recomendado por sus jefes cuando desde la Sigp pidieron la asistencia de alguien de confianza para poner en orden los libros de contabilidad de la empresa, ya en su primera estancia en Port Étienne quedó prendado de la belleza del paisaje virgen de la región. Por eso, cuando le plantearon la posibilidad de incorporarse a la plantilla, no se lo pensó dos veces y antes de que estallara la Guerra Civil ya había trasladado su hogar a Port Étienne, donde sus condiciones laborales y salariales eran más que satisfactorias. Su posterior matrimonio y el escaso entusiasmo de su esposa, que no se encontraba precisamente a sus anchas en la ciudad, no enfriaron su decisión de arraigar en Port Étienne, y su permanencia en la Sigp se prolongaría durante largos años. En agosto de 1937 –en pleno conflicto bélico- nació la primogénita, Olga, en Las Palmas, adonde la madre se había trasladado para dar a luz. Enseguida regresaron a Port Étienne, donde transcurriría la primera década de vida de Olga. Tras ocho años de internado en el Sagrado Corazón, en Gran Canaria, en 1955 estaba de vuelta en la ciudad donde se había criado, y en 1959 se casó con Jean Pierre Barris, hijo de Pierre, fundador y propietario de la Sigp fallecido tres años antes, a quien Olga profesaba un inmenso cariño.

El arrabal donde se agruparon los pescadores isleños –un simple conjunto de barracas de madera que se desmontaban cuando sus habitantes se embarcaban para Canarias- comenzó a ser conocido como La Charca: situado en las inmediaciones de la Sigp, a la orilla del mar, acogió a unas cuantas familias de pescadores –casi todos de Lanzarote y de La Graciosa- que enseguida congeniaron con los vecinos moros, y trenzaron con ellos relaciones de armonía y de amistad.

Otro factor que contribuyó a reforzar la presencia de isleños en la región, antes de que la Guerra Civil alterara dramáticamente las bases de la convivencia en el Archipiélago, había sido la erección de una fortaleza en La Güera, en 1921, un año después de que Mauritania se convirtiera en colonia francesa: como consecuencia, se incrementó la entrada en Port Étienne de géneros españoles que competían con los franceses.

Años más tarde, las condiciones creadas por la contienda fratricida de España obligaron a los pescadores canarios que operaban en la bahía del Galgo a vender sus capturas en Port Étienne, con lo que acapararon los mercados y contribuyeron a alimentar un ambiente de recelos que decidió a las autoridades francesas a prohibir la venta de productos españoles en esa población. Ya en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, se llegó al cierre de la frontera entre las colonias de Francia y de España[4], con las molestias consiguientes para tribus como Gueraa, Ulad Delim, Tekna, Ulad Leb, Ulad Tidrarim, Ergueibat o Lerussine, que desde tiempo inmemorial se desplazaban por una vasta región -que englobaba La Güera y Port Étienne- a la que intereses de la colonización europea habían impuesto unas fronteras artificiales.

La consecuencia inmediata fue la decadencia de la industria de salazón de pescado de Port Étienne, que ya había experimentado un descenso de ciento setenta y tres toneladas entre 1937 y 1938, y que no podía dejar de resentirse de su posición excéntrica respecto a las zonas de influencia y a los ejes de comunicación del resto del territorio colonial.

La   Guerra Civil y las emigraciones clandestinas a África

La persecución política desencadenada en Canarias durante la Guerra Civil aconsejó a muchos de sus habitantes escapar por vía marítima en busca de refugio en puertos franceses de la costa atlántica de África: Port Étienne, entre ellos. Algunos huyeron clandestinamente desde Lanzarote, en falúas y otras embarcaciones de pequeño tonelaje; otros, la mayoría, eran marineros o pescadores que aprovecharon las escalas de sus barcos en puertos africanos para quedarse en tierra y solicitar asilo político a las autoridades coloniales francesas.

Leandro San Ginés, que ya antes del conflicto civil de 1936 a 1939 había frecuentado aguas mauritanas, decidió establecerse en Port Étienne cuando estalló la guerra. Al cabo de unos años llegó a convertirse en un armador adinerado, que manejaba muy bien sus barcos y seleccionaba con acierto a sus patrones. Pero Leandro fue, a fin de cuentas, un privilegiado. Mucho más adversa solía ser la suerte de los marineros que desertaban de sus barcos al tocar tierra en Port Étienne, en su deseo de escapar de la represión desatada en las islas a raíz del alzamiento militar. Concentrados junto a la playa, eran vigilados por las autoridades del Cercle hasta la llegada de un barco que los trasladara a algún puerto español mediterráneo del bando republicano.

La deserción de esas tripulaciones causaba serios perjuicios a los armadores, que debían resignarse a la pérdida de sus barcos, al resultar imposible la contratación de marineros aptos para sustituir a los que habían escapado. Fue el caso, entre otros afectados, del abuelo del lanzaroteño Francisco Toledo (Panchote), natural del barrio de Puerto Naos, en Arrecife, que asistió impotente al desperdigamiento de su tribulación.

Años más tarde, las críticas condiciones de vida en el Archipiélago[5] y las secuelas de la Segunda Guerra Mundial provocaron la salida de Canarias de familias enteras, que, durante los años cincuenta, se trasladaron a Venezuela –muchas de ellas de modo clandestino[6]-, atraídas por el crecimiento económico de este país, propiciado por el proceso de industrialización que se había iniciado en las décadas anteriores y por la bonanza del petróleo[7]. A esos viajeros se sumaban en ocasiones isleños asentados en Port Étienne, que se dejaban seducir por las expectativas que, según la voz común, deparaba la que fuera patria de Simón Bolívar.

Faltó muy poco para que Panchote se alistara como marinero en una de esas embarcaciones que iban a Venezuela. Y es que no faltaban arrestos ni experiencia a este muchacho, nacido en 1924, que había vivido su primera experiencia en la mar a los ocho años, y había surcado las aguas de Arguin en vísperas del levantamiento de julio de 1936: el término de esa zafra no estuvo exento de sorpresas pues, tras hacer escala en Lanzarote, los tripulantes del velero arribaron a Tenerife cuando acababa de producirse la sublevación militar.

Port Étienne, lugar de arraigo

Hubo canarios que recalaron provisionalmente en Port Étienne y otros que se establecieron allí con carácter definitivo, pues también los caladeros de la región se habían revaluado por el desabastecimiento de productos pesqueros en Europa. Ramón Hernández, el señor Rivas, “el Maño”… son algunos nombres propios cuya memoria aún perdura. Prueba del carácter duradero de muchos de esos asentamientos es el dominio adquirido en el habla del hassaniya por niños y adolescentes isleños llegados con sus familias, que, como Jorge Hernández o Aquilino González o su primo Agustín (Tinono) Martín, se identificaron con ese entorno, arraigaron en suelo mauritano y se quedaron a vivir allí o regresaron a Canarias sólo al cabo de mucho tiempo, cuando los avatares económicos de los años setenta y ochenta del siglo pasado los alejaron de una tierra que ellos todavía consideran suya.

La escuela era el ámbito natural de convivencia donde coincidían niños moros, franceses y españoles. Abierta en 1945, en el edificio que actualmente aloja a la Casa de la Juventud, un porcentaje no despreciable de los chicos que la frecuentaban pertenecían a familias canarias: cuatro alumnos isleños en tiempos de Rosa Ruiz Dévora, hermana pequeña de Delia, cuando ese centro de enseñanza daba sus primeros pasos y el número de inscritos era aún muy bajo. Cheikhatu Uld Ely Senad conserva excelente recuerdo de sus tiempos de joven estudiante y destaca el buen nivel de la educación recibida. Aduce como prueba el hecho de que muchos de aquellos pequeños llegaran con el tiempo a ejercer cargos de responsabilidad: entre ellos, el ex presidente Mohamed Khuna Uld Haidallah, que había nacido en Port Étienne en 1940.

Mohamed Fadel Uld Abubekrine también frecuentó esa escuela, donde coincidió con Antonio García, que, años después, habría de establecerse en Canarias, donde se incorporó al cuerpo de policía municipal de Las Palmas de Gran Canaria, y con Delia Ruiz Dévora, futura secretaria del Consulado español en Nuadibú. Y los testimonios de Cheikhatu y de Fadel, que certifican la cordialidad de las relaciones en el ámbito escolar, se ven refrendados por los de todas las personas entrevistadas en el curso de esta investigación, tanto mauritanas como canarias.

Los isleños de La Charca solían comportarse generosamente con sus vecinos moros, y les repartían obsequios de vez en cuando (sobre todo, cuando regresaban de faenar en el mar o les llegaban nuevas mercancías): pescado y otros productos, como el gofio. Tekeiber Mint Ely Uld M’hamed recuerda que su familia no compraba casi nunca arroz, azúcar, gofio ni legumbres, porque sus vecinos canarios les regalaban esos alimentos. Sin embargo, y a pesar del mutuo respeto y aprecio, sólo de modo muy excepcional se celebraban uniones matrimoniales mixtas, a causa del carácter muy tradicional de una y otra comunidad.

El desenfadado estilo de vida de algunos isleños no podía dejar de caer en gracia a los moros, que, aunque más comedidos y recatados, referían en la intimidad aventuras divertidas –nada ejemplares- de sus vecinos de las islas e historias picantes protagonizadas por ellos mismos en lugares de dudosa reputación, en sus visitas a Lanzarote. Durante mucho tiempo circuló de boca en boca la ocurrencia jocosa de un tío de Aquilino González, que no quería asistir a la misa dominical que iba a celebrarse a bordo de una embarcación: obligado por su hermano mayor, se acercó en un bote al barco, pero se negó a subir; y, reclamado por el sacerdote oficiante, sólo se le ocurrió decir que era musulmán…

Ni siquiera incomodaba a los nativos la costumbre de los isleños de criar cerdos junto a sus casas para disponer así de un complemento alimentario con que reforzar una dieta que giraba en torno al pescado. Así, cuando La Charca ya se había consolidado como una población de mayoría isleña, los cochinos de Fefo, Chirino, Pancho Gallina… correteaban tranquilamente sin que a nadie molestara su compañía. Tan sólo padecían las travesuras de algunos chiquillos moros que robaban las verduras con mejor aspecto que iban a destinarse al consumo de los animalitos.

Aquélla fue la época de mayor crecimiento de La Charca, situada en la Sebkha, donde se asentaban también la marina, los comercios y las industrias pesqueras. La construcción de nuevas casitas de madera pintadas de blanco, verde o azul y forradas por dentro con cartón coincidía con la aparición en la bahía de lanchas de motor francesas que, durante la Segunda Guerra Mundial, abastecieron de carburante a los hidroaviones aliados, y con los inicios de operaciones en Port Étienne de Lloret y Llinares, una compañía de capital peninsular establecida en Lanzarote poco después del gran conflicto, que había instalado en la isla conejera una factoría dedicada a conservas, salazones y subproductos de pescado. Pero no todos los canarios buscaron acomodo en La Charca: otras familias -las de Jorge Hernández y de Pepe Arbelo, por ejemplo- construyeron sus casas en las inmediaciones del campo de aviación.

La presencia en Lanzarote de esas empresas, como Lloret y Llinares, que faenaban con barcos de arrastre a motor, acarreó la ruina a la flota pesquera conejera de altura, cuyas goletas y balandros construidos por los carpinteros de ribera y cuyas tradicionales artes de trasmallo, chinchorros, cordel o liña y nasas no podían resistir la competencia foránea, y obligó a muchos pescadores de Lanzarote a desplazarse desde el banco canario sahariano a los caladeros de Mauritania, donde resultaba fácil acceder a licencias de pesca. Los patrones que disponían de suficientes recursos económicos incorporaron motores a sus embarcaciones o adoptaron el sistema de la conservación en hielo. Otros propietarios de barcos no tuvieron más remedio que desguazarlos o venderlos a los emigrantes que, de modo clandestino, se dirigían a Venezuela.

Blas Cañada González, abuelo de Marcial Brito (Salao), era uno de los muchos lanzaroteños que, con sus embarcaciones, faenaban en aguas del septentrión mauritano y vendían su pesca en Canarias. Siguieron sus pasos varios miembros de su familia, de dos generaciones sucesivas, incluido Iván, hijo de Salao, que con solo veinte años llegó a tener a unos cien marineros a su cargo cuando, en 1984, compró una embarcación en Dakar y, con licencia de pesca mauritana, acometió su primer proyecto empresarial en Nuadibú.

Antonio Guadalupe arribó a Port Étienne cuando los efectos de la crisis económica y social que siguió a la Guerra Civil habían sumido a Canarias en una condición de severa penuria, que afectaba a un amplio sector de la población; y permaneció ligado a la ciudad durante décadas, arropado por una familia numerosa (su esposa, los cuatro hijos varones y una de las hijas) y por la nutrida colonia de pescadores conejeros, que rondaría el millar de personas.

Olga Chirino, que tuvo ocasión de frecuentar a Antonio, por sus vínculos profesionales con la Sigp (era uno de los proveedores de pescado), conserva de él una imagen entrañable: la de un hombre siempre delicado y cariñoso. Por eso acogió con angustia la noticia propagada en Port Étienne no mucho después de su enlace matrimonial con Jean Pierre Barris de que el barco en que Antonio se había hecho a la mar podía haber naufragado. Durante varios días preguntó una y otra vez por la suerte que había corrido, sin que nadie pudiera facilitarle noticia alguna que la sosegara. Al cabo de una espera prolongada mucho más de lo razonable, se supo que Antonio estaba felizmente de regreso. Lo que no trascendió fue el detalle de sus peripecias: contratado por unos españoles, peninsulares, que habían recalado en Port Étienne con la intención de alcanzar las costas de Senegal por medios clandestinos, accedió a llevarlos hasta Saint-Louis. Arribada su embarcación a una prudente distancia de la costa, los pasajeros se trasladaron a balsas improvisadas desde las que intentaron alcanzar el litoral. Antonio contempló cómo se alejaban de su barco, e incluso entrevió que al menos una de las balsas tomaba tierra. Después emprendió viaje de regreso a Port Étienne, donde todos ignoraban su peligrosa aventura, que no quiso desvelar para evitarse complicaciones.

No eran muchas las diversiones que se ofrecían a los habitantes de Port Étienne. Jóvenes y menos jóvenes tenían que conformarse con una oferta de ocio muy restringida, aunque ciertamente el escaso tiempo libre disponible conjuraba el peligro del aburrimiento. Un modesto salón de cine –Cinema Maston-, cuyas paredes estaban forradas con cajas de huevos para mejorar la acústica, brindaba sobrado entretenimiento y solaz, aunque eran muy pocos los isleños que alcanzaban a seguir el hilo de las películas, habladas en francés; en la marina funcionó otro cine, al aire libre. Para los más mozos se organizaban frecuentes bailes en casas de unos u otros. Y, si bien el número de bares era también limitado, la clientela no demandaba mucho y se conformaba con la escasa variedad de bebidas alcohólicas que se servían. Pepe Borges y Madame Claud hacían las delicias de los melómanos y amantes del baile, que se agolpaban en el espacioso establecimiento comercial de Fefo Rodríguez. Siempre quedaba abierta la posibilidad de una escapadita a La Güera, de compras.

Borrachos y jaraneros que continuaban sus juergas en los prostíbulos aledaños, protagonizaban frecuentes escándalos, que no podían dejar de molestar a los pacíficos nativos: y eso a pesar de la fama –un tanto injustificada- de la sobriedad y del talante pacífico de los pescadores canarios, de quienes Arthur Taquin ponderó en 1903 la escasa afición a las bebidas alcohólicas, después de haberse embarcado en una goleta isleña y compartido con la tripulación las duras jornadas de brega (en verdad, Taquin juzgaba su comportamiento a bordo, no sus desahogos en tierra).

Las algarabías nocturnas incomodaban también a las familias canarias que habían erigido sus hogares en La Charca: entre ellas, los padres de Aquilino González, que, después de residir un tiempo en La Güera con sus hijos varones, decidieron trasladarse a Port Étienne. Las molestias causadas por grupos de borrachos durante las noches acabaron por persuadirles de que sería mejor habilitar un barco como vivienda. Y así se hizo, por empeño personal de su madre, que no podía soportar más aquellas estridencias. Esa modalidad “residencial” -la habilitación de viviendas en los pontones-, muy común, se mantuvo aún durante bastante tiempo, hasta que las mujeres retornaron a Canarias o mejoraron las condiciones de habitabilidad de La Charca.

Mayor era la vinculación que podían trabar con franceses y moros quienes desarrollaban su quehacer profesional en tierra, como Panchote, Jorge Hernández Quintana, Fefo Rodríguez Cabrera, Benito Rosa… El primero empezó trabajando en la construcción de una carretera hasta que, por recomendación de un conocido que sabía de su experiencia como herrero adquirida durante la niñez en su Arrecife natal, entró a trabajar en las instalaciones de la administración colonial: su desconocimiento del francés le causó no pocos sinsabores y malentendidos con el maestro responsable del taller, que se solucionaban gracias a la amable mediación del practicante de la guarnición, que oficiaba de traductor e intérprete e impedía que las fricciones pasaran a mayores.

A las modestas viviendas de los isleños en La Charca fueron agregándose poco a poco tiendas también humildes que surtían a los habitantes del barrio de productos básicos. Todavía suenan los nombres de sus propietarios en boca de quienes conocieron aquellos tiempos: Fefo, Benito Rosa, Chirino, Juan el Coquino.

Valentín Suárez (el Cojo) vendía al por menor y fiaba pequeñas cantidades de dinero a la gente del barrio: hombre bueno y generoso, cultivaba un aspecto exterior adusto que imponía respeto y cierto temor a los más jóvenes, a quienes desalojaba de su local cada vez que sacaba dinero de la caja para atender la solicitud del demandante de algún préstamo.

El lanzaroteño Fefo Rodríguez se aprovisionaba directamente de Canarias, con ayuda de un pequeño barco que regresaba siempre abarrotado de productos isleños (su primer velerose llamaba Lanita). Por eso su tienda era la mejor surtida, y su negocio el más próspero: compró una casa y alquiló locales en La Charca para ampliar las instalaciones, adquirió una embarcación de considerables proporciones, llegó a abrir un negocio en Cansado y tenía la representación del Banco Exterior de España en La Güera; hasta que la mala gestión de un crédito bancario y descuidos contables acabaron conduciendo a Fefo a la ruina[8]. Miyah Mint Saguty recuerda con agradecimiento un gesto de generosidad de Fefo cuando, poco después del fallecimiento de su padre, acudió en compañía de su madre a la tienda del comerciante isleño para comprar leche y cebada con que alimentar a los camellos: Fefo, conocedor de la pérdida que acababan de sufrir, no quiso cobrarles.

Benito Rosa, que había principiado sus operaciones mercantiles practicando el comercio ambulante a bordo de los barcos, importaba de todo un poco: también verduras frescas de Canarias, que muchas veces llegaban deterioradas, por los golpes recibidos en las operaciones de carga y descarga en el “correíllo” de La Güera.

Entre los comerciantes franceses residentes en Port Étienne descollaban Catalina (buen cliente de los marineros isleños a quienes compraba pescado salado, y propietario de un almacén grande donde vendía al por mayor) y Bernard Chauvel (que abastecía de carne al ejército francés, y que fue el primero en abrir la ruta Port Étienne-Atar). Los franceses, que disfrutaban de los salarios más elevados, también eran en buena lógica los mejores clientes.

Mohamed Salek Uld Beiruk acudía desde Atar a Port Étienne, donde era muy conocido, para proveerse de mercancías y vender producciones de aquella región. También eran originarios de Atar Salek Uld El Hag El Moctar, Ahmed Bezeid Uld Abd El Vettah y Mohamed Salem Uld Hmein Salem, conocido entre los canarios como Mohameti Cabra, que expendía carne a las tropas francesas y a los habitantes de la ciudad, incluidos ocasionalmente los isleños que podían permitirse ese lujo.

No faltaban en La Charca algunos bares, como el de Candelaria, que después pasó a gestionar su hijo, Serapio Gutiérrez; o los de Perdomo, Arbelo o Corilla (una mujer marroquí cuyo nombre verdadero era Aicha Rughaya). En el negocio de Fefo, donde también se servían copas, tocaba la guitarra Pepe Borges, encargado de la tienda, y bailaba Madame Claud.

Entretanto la población de Port Étienne crecía despacio, por la escasez de recursos propios y la falta de agua potable, sin apartarse apenas de sus señas de identidad originales: un conjunto de factorías pesqueras, instalaciones militares y modestos edificios habitacionales desparramados aquí y allá, sin sujeción a ningún criterio urbanístico: una dispersión que cabe atribuir al hecho de que el primitivo plan general –muy criticado por los partidarios de agrupar los servicios oficiales (la guarnición, la residencia del gobernador, el dispensario médico, la oficina de correos, el puesto de telégrafo…)- contemplara una ciudad extensa, de la que se habían ejecutado sólo aspectos puntuales, sin que se hubieran levantado apenas más que unas cuantas construcciones; y que también obedecía a razones prácticas, puesto que impedía la formación de dunas.

La Güera y “el correíllo”

Tampoco La Güera experimentaba cambios de importancia, y conservaba su condición de estratégico enclave del ejército y de puerto de tránsito, concurrida por militares, pescadores y comerciantes, y mantenida en vida por los continuos intercambios de personas y de mercancías con Port Étienne, que desafiaban los frecuentes cierres de frontera, y por las comunicaciones marítimas que le proporcionaba el correíllo.

En La Güera residían más familias españolas que en Port Étienne: por su condición de territorio español, por sus mejores conexiones con Canarias y por su relativo dinamismo mercantil. Incluso las madres y esposas de marineros canarios que operaban en la bahía del Galgo preferían como residencia esta localidad, más ordenada que su vecina del otro lado de la península de Cabo Blanco, dotada de un hospital que llegó a tener más de cuarenta camas, y con una coqueta iglesia que los domingos ofrecía un animado aspecto. Tampoco faltaban algunas casas regionales y casinos muy frecuentados por la numerosa población militar que radicaba en la ciudad y por franceses de la vecina Port Étienne.

Por todo ello, y a pesar de su modestia, la actividad comercial desarrollada en La Güera revestía una relativa categoría, como se desprende de la decisión de Benito Rosa de expandir su negocio en Port Étienne con una tienda en La Güera -ya mencionamos antes la implicación de Fefo Rodríguez en negocios en la ciudad, como representante del Banco Exterior de España-, y de las visitas a La Güera de Panchote y de su grupo de amigos, que acudían casi todos los domingos para realizar compras. Obvia decir que muchos de los géneros de comercio adquiridos en La Güera a precios más baratos que en Port Étienne entraban en esta última población burlando la vigilancia aduanera, a veces a lomos de borricos que de noche cubrían el trayecto entre las dos poblaciones.

Benito Rosa que, a diferencia de Fefo, carecía de medios propios de transporte marítimo, dependía de la llegada del correíllo para aprovisionarse de las mercancías que contrataba en Canarias: pero la descarga de los bultos desde el vapor a las lanchas que atracaban en el embarcadero implicaba siempre el deterioro de muchos productos, al reventar las cajas en que venían empaquetados, por el descuido de los cargadores y la escasa calidad de los embalajes. Por eso, cuando al cabo de los años se abrió el enlace aéreo de Canarias con Nuadibú, se redujeron considerablemente las pérdidas.

León y Castillo y Viera y Clavijo, los dos vapores que cubrían el servicio del correíllo, salían de Las Palmas de Gran Canaria, pasaban por Lanzarote y tocaban tierra en suelo africano: primero en El Aaiún y después en Dakhla (Villa Cisneros), para terminar el viaje en La Güera, desde donde emprendían el regreso recalando en los mismos puertos. El paso del correíllo por Dakhla constituía un estímulo para los comerciantes locales, que adquirían géneros que luego vendían en Port Étienne, donde aún hoy se habla de “sandalias de Dakhla” para referirse a este tipo de calzado, cómodo para caminar por las polvorientas calles de las ciudades confinantes con el desierto. Familias como la de Olga Chirino recurrían a los servicios del correíllo para enviar cajones de ropa que mandaban a lavar a Gran Canaria.

También La Güera y el correíllo constituían un espacio abierto a la esperanza en momentos en que los recursos accesibles desde Port Étienne no resultaban suficientes: así le ocurrió en 1957 a un tío de Tekeiber Mint Ely Uld M’hamed, que enfermó gravemente y fue trasladado a La Güera, donde tomó un avión hasta Sidi Ifni. Sometido con éxito a una intervención quirúrgica en esa ciudad del Sahara Español, pudo regresar felizmente a La Güera en el correíllo, al cabo de unas semanas. Allí lo esperaba su sobrina y, en su compañía, retornó a Port Étienne.

El cementerio de La Güera ofrecía la última morada a los españoles que fallecían allí o en las cercanías. De vez en cuando también se sepultaba en La Güera a finados en Port Étienne; aunque lo común aquí era recurrir a dos cementerios locales, uno de ellos identificable hasta hace muy poco[9] junto al gran depósito que aprovisiona de agua a la ciudad, en la cumbre de una pequeña colina: José María Duarte, empleado de Industrias Mauritanas de Pesca (Imapec), prestaba estos servicios funerarios; y Pepe Arbelo, hoy propietario de un bar situado en El Charco de Arrecife, recuerda que su padre fue enterrado allí en 1956.

El telégrafo y el teléfono permitían la recepción de noticias de Canarias en La Güera, que luego llegaban a los isleños de Port Étienne en manos de los mismos porteadores que, como Mohamed Najim Uld Kenane, Abeyda Uld Berray (Arturo el Moro), o El Kory Uld Ahmed Uld El Bukhary, recorrían a pie la distancia que separa las dos poblaciones, cargados de novedades y de géneros de comercio que burlaban los controles aduaneros. También los pesqueros anclados en las inmediaciones de La Güera se beneficiaban de estos servicios, que, de ordinario, eran remunerados en especie.

La expansión de los asentamientos isleños

Según una fuente directa, que registró sus observaciones personales de la época en unas notas manuscritas[10], en 1950 vivían establemente en Port Étienne unos trescientos ochenta españoles, además de los marineros canarios que acudían a la ciudad portuaria con más o menos periodicidad (unos tres mil, según algunas estimaciones). Harrison Church, que estima en 10.000 habitantes la población de Port Étienne en 1958, menciona a trescientos quince canarios y otros españoles (una cifra ciertamente poco fiable)[11]. Y Pierre Bonte calcula que en 1963 habitaban en la ciudad unos seiscientos españoles de Canarias.

La mayoría de los residentes eran carpinteros, albañiles, mecánicos y pintores, empleados muchos de ellos en la Sigp. Olga Chirino, que trataba con continuidad al personal de la empresa de su suegro, conserva el recuerdo afectuoso de muchos: Mastro Chano, albañil, casado con Adelita; Antonio Reyes, jefe del taller mecánico, cuya esposa, Petrita, era hermana de Adelita; José Vega, de Arucas, marido de Carmita Díaz, que se ocupaba del economato; el catalán Antonio Puig Fuster, carpintero, esposo de Lolita Barrios y padre de María Puig Barrios, actualmente residente en Las Palmas de Gran Canaria, que murió en Port Étienne, donde recibió sepultura; Isidoro, carpintero de ribera; Pepe Naranjo; Pepe Monasterio…

La aparición de carpinterías en La Charca fue propiciada por la presencia de carpinteros de ribera, que se trasladaban desde Canarias durante temporadas más o menos largas, para reparar o construir lanchas. Ya desde los años treinta algunos imraguen empezaron a aprender el oficio y a adquirir estas embarcaciones que se adaptaban satisfactoriamente a sus métodos de pesca, y que convirtieron el banco de Arguin en una simbólica encrucijada donde confluían Europa y África[12].

La fundación, en 1951, de la Société Indigène de Prévoyance de la Baie du Lévrier abrió líneas de crédito a los moros de la región que desearan acogerse a las posibilidades abiertas por ese organismo de ayuda mutua. Así, quienes quisieran comprar a los pescadores canarios embarcaciones de pequeño tonelaje –lanchas y balandros- podían obtener el anticipo del dinero necesario, con el compromiso de reembolsarlo con el incremento de un pequeño interés, en un plazo de dos años, sobre el producto de la pesca. No deja de ser significativo el elevado número de lanchas y goletas canarias que en esa época surcaban la bahía del Galgo: casi unas doscientas en 1956, de las que el 83% tenía su base en Arrecife[13].

No era infrecuente que los adquirientes de estas embarcaciones contrataran en sus primeros viajes a algún marinero isleño, de quien aprendían las artes de la navegación, de la pesca y de la preparación del pescado. Fue el caso de Alali Uld Sweih, que compró dos barcos de vela y reclutó a marineros canarios; sólo después de que éstos hubieran transmitido sus conocimientos a pescadores nativos pudo prescindir de sus servicios. Y aun así, cuando se trataba de desplazamientos largos, prefería hacerse acompañar de algún isleño.

Andando el tiempo, Sweih adquirió gran destreza y llegó a pilotar un barco hasta Saint-Louis. Asociado después con Barroso, un canario que regentaba negocios de pesca, surgieron conflictos entre ellos a causa de la propiedad de un barco que Barroso reclamaba para sí y que se negó a devolver cuando ancló en Las Palmas de Gran Canaria: el caso se resolvió en los tribunales.

Sweih protagonizó una hazaña memorable, al embarcarse solo en Arrecife con destino a Port Étienne (unas seiscientas ochenta millas): después de esperar en vano durante varios días que se le incorporara la tripulación que debía acompañarlo, que no dio señales de vida, decidió hacerse a la mar, sin esperarlos más. Cerca ya de Cabo Blanco, un barco ruso lo encontró y lo remolcó.

En contraste con la crecida colonia de españoles en Port Étienne, eran muy pocos los franceses establecidos en una ciudad donde apenas circulaban vehículos militares, y donde el avión era un visitante poco habitual: un pequeño campo de aviación dotado de una valla electrificada[14] a cuyo desarrollo contribuyó Pierre Barris albergaba la base aeronaval, que no sólo contribuía a la seguridad del lugar sino que, sobre todo, permitía la exportación a Dakar de salazón de pescado con destino a las colonias del occidente africano.

Saint-Exupéry, que rememoró ese modesto aeródromo en Courrier Sud (1929), realizó numerosos vuelos nocturnos entre Casablanca y Port Étienne de mayo a diciembre de 1931. En Terre des Hommes dedicó un hermoso pasaje a las duras condiciones de vida que la extrema aridez imponía a la ciudad:

l’eau qui vaut son poids d’or, l’eau dont la moindre goutte tire du sable l’étincelle verte d’un brin d’herbe. S’il a plu quelque part, un grand exode anime le Sahara. Les tribus montent vers l’herbe qui poussera trois cents kilomètres plus loin… Et cette eau, si avare, dont il n’était pas tombé une goutte à Port-Etienne, depuis dix ans, grondait là-bas, comme si, d’une citerne crevée, se répandaient les provisions du monde.

Los medios de comunicación terrestre se reducían prácticamente al transporte en camellos y burros; y los marítimos, al correíllo de La Güera y a las embarcaciones de vela de los pescadores isleños que, después de abastecerse de víveres y de agua en Port Étienne, se aventuraban en una larga navegación hasta el Archipiélago, que podía prolongarse más de dos semanas (el viaje desde Canarias se realizaba a veces en sólo tres o cuatro jornadas, gracias al favorable régimen de vientos), en condiciones muy duras, vestidos con jirones de las ropas que portaban cuando salieron de las islas, y con la carga de agua indispensable, depositada en barricas que le conferían una repelente coloración rojiza.

Persistía la presencia de la Sigp, que, en 1941, se había fusionado con la Compagnie Franco Coloniale de Gérance et de Participation, la Société d’Exploitation du Port et des Services Publics de Port Étienne, y la Société Pêche et Froid, sin que esos proyectos empresariales atrajeran más pobladores franceses. Por contraste, el continuo incremento de la colonia española justificó la apertura, en 1962, del Consulado de España en Nuadibú.

Con el paso de los años continuó declinando la presencia de los franceses en Port Étienne –Nuadibú desde la independencia-, que el reconocimiento de Mauritania como Estado segregado de Francia no haría sino acelerar. Para entonces habían abandonado la ciudad personajes tan influyentes como Chauvel, Catalina o Beck, y las crecientes perspectivas de nacionalización de la Miferma (Mines de Fer de Mauritanie), uno de los últimos reductos donde se concentraba la mano de obra francesa, contribuían también a reforzar la sensación de que resultaba inminente el cierre de un ciclo histórico. El relevo de Alfonsi por Mohamed Lemine Uld Hammenni en la comandancia del Cercle vendría a ser la escenificación pública del traspaso de poderes.

Cabe encontrar cierto paralelismo simbólico entre esa progresiva desaparición de la huella francesa en Port Étienne y el cierre de la Sigp, ya en los años setenta. Tras la jubilación de Bruno, Jean Pierre Barris, hijo de Pierre, se hizo cargo de la dirección de la empresa hasta 1965, año en que se marchó a vivir a Francia con su familia. Aunque se contrató a Lajeune para dirigir la Sigp, fue Dufey, cuñado de Jean Pierre, quien pilotó la última etapa de vida de la compañía. Vendida a un empresario local, más interesado en los terrenos que en el reflote de la empresa, no tardaría en producirse un fin anunciado a lo largo de la década precedente.

El paulatino cese de la emigración isleña

Entretanto, las relaciones de vecindad entre isleños y moros no dejaron de estrecharse y de prodigarse: porque no sólo hay que atender a los canarios cuyas vidas giraron en torno a Port Étienne –Nuadibú desde la independencia-; muchos mauritanos extendieron sus negocios a las islas, adquirieron la nacionalidad española, o se convirtieron en asiduos visitantes de Gran Canaria y de Lanzarote. Algunos se quedaron a vivir en el Archipiélago, como Deidih, tío de Mohamed Nagi Uld Kenane, que fue policía en La Güera y después en Fuerteventura.

Sin embargo, y aunque de modo menos abrupto, también fue decreciendo la presencia isleña en la ciudad. El camino de salida, ya insinuado tras la proclamación de la independencia de Mauritania, empezaría a verse muy concurrido durante la segunda parte de la década de los setenta, por la confluencia de factores de diversa índole que han sido analizados en otra investigación[15].


[1]         Cfr. Martínez y Gálvez, Inmaculada, y Medina Rodríguez, Valentín, 1996, “Emigración canaria en el siglo XX: estado de la cuestión a la luz de la historiografía oral”, en Jornadas de Historia Contemporánea de Canarias (coordinador: Manuel Ferrer Muñoz), Las Palmas de Gran Canaria, Real Sociedad Económica de Amigos del País, pp. 65-81 (p. 69).

[2]         Cfr. Acosta Rodríguez, J. Ezequiel, “La pesca artesanal de altura en Lanzarote y la industria derivada”, 1995, en VI Jornadas de Estudios sobre Lanzarote y Fuerteventura (26 a 30 de septiembre de 1994), Arrecife, Cabildo Insular de Lanzarote-Cabildo Insular de Fuerteventura, pp. 229-253 (p. 241).

[3]         Consta la presencia de ciento veinticinco trabajadores canarios en la Sigp en esos años, además de una flota de unos treinta barcos, que, con base en Lanzarote, Gran Canaria y Fuerteventura, faenaban en la región.

[4]         Désiré-Vuillemin se hace eco de la irritación de las autoridades francesas: “dans les années 1930-1940, les autorités françaises considèrent le Río de Oro comme une plaie plus irritante que dangereuse au flanc de la Mauritanie”: Désiré-Vuillemin, Geneviève, Histoire de la Mauritanie. Des origines à l’Independence, 1997, Paris, Éditions Karthala, p. 552.

[5]         Bastaría recordar el racionamiento a que estuvo sometido Lanzarote entre 1940 y 1953: aunque los suministros de alimentos tenían periodicidad semanal, las dificultades del transporte espaciaban esas entregas, de manera que a veces pasaba un mes desde la última. Y no se olvide que, por tradición, muchos pescadores conejeros frecuentaban Port Étienne, por lo que nada tiene de extraño que pensaran en ese destino como alternativa a una situación de tanta precariedad: cfr. Clar Fernández, José Manuel, Lanzarote. Apuntes para su historia, 1996, Tenerife, Cabildo Insular de Lanzarote-Centro de la Cultura Popular Canaria, pp. 346-349. Todavía en los primeros años de la década de los sesenta del pasado siglo, Lanzarote exhibía ante sus visitantes un llamativo panorama de pobreza.

[6]         Hay que decir que también adolecían de irregularidad, casi siempre, los procedimientos de ingreso en Port Étienne de que se servían las esposas de los marineros isleños que acudían a instalarse en la población junto a sus maridos: para evitar problemas en los controles fronterizos, se organizaba su desembarco de modo camuflado, al tiempo que se descargaban aparejos de pesca.

[7]         Cfr. Ascanio Sánchez, Carmen, Los canarios en Venezuela. Identidad y diferencia, 2002, Tenerife, CajaCanarias-Gobierno de Canarias, Viceconsejería de Acción Exterior y Relaciones Institucionales-Centro de la Cultura Popular Canaria, pp. 42-45.

[8]         Fefo mantuvo íntima amistad con Mohamed Abdellahi Uld Mohamed Cheikh, que nos ha facilitado mucha de la información aquí recogida. Tras el fallecimiento de Fefo en Las Palmas de Gran Canaria, en 1982, un día después de su llegada desde Nuadibú, Mohamed Abdellahi viajó hasta Lanzarote para ayudar en la resolución de problemas familiares acarreados por la quiebra de los negocios de su amigo.

[9]         Desgraciadamente, la construcción incontrolada de chabolas ha hecho desaparecer los últimos restos.

[10]        Cfr. Ruiz Dévora, Josefa María Delia, Nuadibú en mi recuerdo (texto manuscrito).

[11]        Cfr. Harrison Church, R. J., “Port Étienne: a Mauritan Pioneer Town”, 1962, The Geographical Journal, vol. 128, núm. 4, diciembre, pp. 498-504 (p. 502), y Robin, Jean, “Moors and Canary Islanders on the Coast of the Western Sahara”, 1955, The Geographical Journal, vol. 121, núm. 2, junio, pp. 158-163 (p. 162).

[12]        Cfr. Picon, Bernard, Pêche et pechêries du Banc d’Arguin. Histoire d’une identité, 2002, Nouakchott-Arles, Parc National du Banc d’Arguin-Fondation Internationale du Banc d’Arguin, pp. 57-59.

[13]        Cfr. Martínez Milán, Jesús María, “Integrating Western Saharan Coastal Fisheries into the International Economy, 1885-1975”, 2006, XIV International Economic History Congress (Helsinki, 21 a 25 de agosto), Session 11, pp. 8-9.

[14]        En cierta ocasión, el jefe de escala del aeródromo se dirigió al comandante del Cercle para informar de que un ladrón había penetrado en el recinto. Se le indicó que la vigilancia del lugar no era competencia de las autoridades, pues se trataba de una propiedad privada. A la vista de esa respuesta y, en previsión de nuevos intentos de robo, procedió a electrificar la valla.

[15]        Cfr. Ferrer Muñoz, Manuel, y Znagui, Mohamed, Canarias y Nuadibú: relaciones de vecindad y vías para la cooperación (en prensa).


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Amarga radiografía de Cali

Cali, miércoles, 29 de agosto de 2012: una piedra lanzada por una alimaña humana contra un transporte colectivo abarrotado de personas roza la cabeza de un niño de cinco meses, y no impacta en ella de puro milagro. Me parece que este incidente es razón de peso para que abramos una pausa de reflexión y nos preguntemos por qué la brutalidad imperante (dos días después, un par de petardos hirieron a ocho personas). ¿Qué ha sucedido para que una y otra vez, durante dos largos siglos, hayan fracasado los intentos de convivencia entre nosotros? ¡Qué trágico acierto el de Marco Palacios al titular uno de sus trabajos con el significativo “Colombia: ni estado de guerra, ni estado de paz; estado de proceso de paz”!

Nuestro problema no es la guerrilla, no es la inseguridad ciudadana, como tampoco lo es la proliferación de salvajes como el cobarde autor de la pedrada a un vehículo cargado de personas que, tras un día de trabajo, regresaban a sus casas. El problema de Cali, como el de Colombia, no es específicamente caleño ni colombiano, aunque presenta ingredientes particulares: y son suficientes para colmar toda una despensa.

Las guerras civiles que se sucedieron desde la independencia, continuadas por los conflictos de las guerrillas, nunca terminaron con el hallazgo de un espacio común de convivencia. Los privilegios de la vieja sociedad modelada durante los siglos de dominación española nunca se extinguieron, solo cambiaron de depositarios; y la proclamada igualdad ante la ley nunca ha dejado de ser –como mucho- una bienintencionada y tímida aspiración utópica traicionada por un cúmulo inconmensurable de corrupción rampante.

El materialismo práctico de las sociedades occidentales capitalistas del siglo XX –sociedades opulentas, que sustituyeron la trascendencia por la comodidad- echó raíces profundas en Colombia y contribuyó a agrandar las diferencias entre quienes viven en la prodigalidad más insultante y quienes de todo carecen y codician abierta o discretamente las riquezas ajenas.

El culto al cuerpo convirtió a muchas de nuestras mujeres en carne de quirófano en obsesiva busca de medidas ideales, de pechos descomunales, de rostros de princesas. A nuestras niñas les hemos robado la infancia con los ridículos concursos de belleza en las escuelas, alentando neciamente su ingenuo afán de preadolescentes que las impulsa a vestir y comportarse como señoritas que no aún son. Y nuestros jovencitos se miran en el espejo de artistas, cantantes, pandilleros o narcos: encantados de haberse conocido a sí mismos, carentes de seso y abotargados en su intelecto por una estupidez que, si no es congénita, ha sido adquirida con meritorio esfuerzo.

La indiferencia por lo que no nos atañe de modo directo nos impide fijar la vista en las necesidades de quienes se cruzan en nuestro camino. No tenemos ojos para los pobres ni para los viejos ni para los niños pequeños ni para los feos. El endurecimiento del corazón se traduce en las miradas endurecidas, incapaces de percibir la emoción que causa la inocencia de los niños de pocos meses. Solo miramos alrededor para asegurarnos de que nadie nos sigue con intención de asaltarnos o para contemplar con descaro a una mujer bonita o un carro lujoso, que igual da: hasta esos extremos se ha cosificado a la mujer.

Muchos de los que piden una limosna y son rechazados, aun con buenas maneras, envuelven al otro en una mirada de odio y no escamotean maldiciones en voz baja o no tan baja. Se retiran babeando insultos mientras componen la cara para la siguiente representación que, casi con certeza, terminará como la anterior con injurias proferidas sotto voce.

Nuestras calles son testigos de cruces de insultos, cuando no de golpes entre automovilistas o peatones o entre unos y otros. Quedaron relegadas al olvido las normas de urbanidad que aprendimos de nuestros abuelos, porque en la selva urbana no hay espacio para el respeto ni la cortesía.

Y después de este listado de desafueros y calamidades, ¿nos extraña que nuestros conciudadanos piensen en espacios geográficos lejanos para escapar de la pobreza, la opresión, el miedo, la prepotencia de los que mandan olvidados de su condición de servidores públicos?

Urge, pues, movilizar las reservas de nuestra conciencia cívica y auspiciar programas que recuperen lo que fuimos. En esa tarea de gigantes, la educación cumple un papel fundamental; pero lo grave es que los primeros educadores son los padres. ¿Y somos los padres caleños capaces de anteponer los valores a nuestras comodidades?