MANUEL FERRER

Blog personal de Manuel Ferrer Muñoz


Deja un comentario

Lázaro Cárdenas: ¿ciego, miope o cínico?

Lázaro Cárdenas: ¿ciego, miope o cínico?

¿Por qué se le ocurriría al general Lázaro Cárdenas la disparatada idea de alabar la intención revolucionaria de Carlos Fuentes, autor de La muerte de Artemio Cruz?

¿Acaso ignoraba la razón por la que el joven oficial Cruz, a lomos de su caballo negro, emprendió la larga cabalgada hacia el sur, con la tea en alto y el odio a los federales en sus entrañas?

La muerte de Regina -no los ideales revolucionarios- recordó a Artemio la tarea concreta que le había sido asignada por su viejo maestro Sebastián, y le mostró el hilo que necesitaba para recorrer sin extraviarse el laberinto de la guerra.

Muerta Regina, dejó de haber un proyecto que compartir. El abrazo a la revolución fue el último recurso que quedó al soldado a quien se arrebató el amor de su vida. Matar pelones se convirtió en la satisfacción de un grito interior que demandaba venganza. Pero la revolución, considerada en sí misma, era sólo un suceso pasajero y, a la vez, una oportunidad privilegiada para justificar la rapiña mediante la invocación de las batallas y de los jefes.

Así lo prueba la biografía de Artemio Cruz –un pelado en sus orígenes, enseguida don Artemio- tras el gran torbellino revolucionario: una vergüenza continuada que transcurre durante las últimas décadas en medio del disimulo de la meseta mexicana. Actuaciones impúdicas, desde el matrimonio con Catalina hasta sus manejos como terrateniente, como diputado federal (una postulación arreglada con el gobierno, en reconocimiento de sus méritos revolucionarios) o como editor de un influyente medio de comunicación, pasando por la administración del empréstito ferrocarrilero, los negocios con norteamericanos, en su calidad de hombre de paja, o los millones de dólares depositados en bancos de Zürich, Londres y Nueva York, de los que no existía ningún registro contable: ¡todo un ideal de ética revolucionaria coloreada con el pasar de los años por el cauteloso temor a la conjura roja, esa infiltración exótica en la nobilísima revolución mexicana que había que aplastar a macanazos!

Antes incluso de que se escribiera toda esa degradante historia, el mismo primer encuentro con Regina había sido tergiversado, de mutuo acuerdo, para disfrazar la brutalidad de una deshonra con la ficción de un falso romántico enamoramiento en las costas de Sinaloa. Y Regina fue la única mujer que amó a Artemio sin que mediara dinero…

¿De veras creía Cárdenas en la intención revolucionaria que fingía proyectar esta novela de Carlos Fuentes? ¿O será que el viejo general deliberadamente se engañó o nos mintió? Porque, si los sacrificios que exigió la revolución condujeron a la sociedad que encarna Artemio Cruz, protagonista de una vida muerta transmisora de una falsa tranquilidad, de una concordia ficticia, de un poder sin grandeza, de una estulticia consagrada, ¿no sobran motivos para maldecirla?

¿Pudo Lázaro Cárdenas leer la novela de Fuentes sin que le invadiera un sentimiento de complicidad y de vergüenza?

El mismo Carlos Fuentes parece titubear cuando descorre el velo que oculta la abyección de un revolucionario. En vano tratará de convencernos de que la corrupción en México venía de antes: corrupto era don Gamaliel Bernal, hipócrita catolicón poblano, miembro de una familia enriquecida a costa de los bienes de la Iglesia expropiados por Juárez; y cómplice de esa podredumbre era Remigio Páez, caricaturizado como pitoflojo y grotesco padrecito que garantizaba la salvación eterna de don Gamaliel a cambio de su protección terrena.

¡Al fin y al cabo don Gamaliel había pagado el tributo de sangre a la revolución en la persona de su hijo Gonzalo! ¡Y Páez fue arrastrado a la muerte por el fanatismo obregonista!

¡Al menos don Gamaliel actuaba como bondadoso déspota ilustrado, duro aunque proveedor, eslabón de una cadena que, con la tradición, aseguraba el buen gusto, la cortesía, la cultura!

Por supuesto que Artemio Cruz no es una escoria humana, y que laten en su corazón anhelos de nobleza y ansias de redención: pero serán éstas esperanzas frustradas por su propia cobardía y por su orgullo de macho, que harán de él la solitaria momia de Coyoacán. Un saldo, en cualquier caso, que no justifica la canonización del personaje que encarna Cruz como prototipo de revolucionario ejemplar: aunque probablemente no sea ningún disparate suponer que cuantos sobrevivieron a la revolución en posiciones ventajosas (incluso por méritos propios) sucumbieron después -¿todos?- a la tentación del seréis como dioses y a la voz fría del poder y del interés.

Tal vez haya que admitir, con inmenso dolor, que la revolución fue devorada por sus propios hijos: y no porque estuvieran hambrientos o por el temor de que pudiera llegar el hambre, sino porque su glotonería demandaba más. Tal vez debamos reconocer, con Catalina Bernal y con el “otro” Artemio Cruz, que no hubo entre las filas de los revolucionarios hombres santos ni verdaderos mártires[1].

¡Qué hermoso el deseo del mayor bien posible para la patria!… “mientras sea compatible con nuestro bienestar personal” (la confesión viene del “otro” Artemio). La entrega revolucionaria tiene un límite, hay que dosificarla: porque, si pierdes el poder, te chingan; y, además, el poder no se comparte…

¿Habrá, pues, de extrañarnos que la criatura de Cárdenas, el partido político que acertó a presentarse a sí mismo como depositario de las esencias de la revolución, institucionalizara los mecanismos para detentar en exclusiva el poder y graduar la porción de migajas que, con sabia periodicidad, se repartían al pueblo para contentarlo?

Reservado el gobierno para el partido hegemónico, el concesionario exclusivo de las dádivas podía escribir la historia, manipular voluntades, comprar a los periodistas, asesinar estudiantes, desvelar justicieramente las miserias de los pérfidos conquistadores españoles, repudiar los sucios tiempos del porfiriato y la vileza avara de frailes y curas…

La verdad, sin embargo, se abre siempre camino: a veces con tardanza de siglos.


[1]         Octavio Paz achaca el incumplimiento de las esperanzas suscitadas por la Revolución tanto a los escritores como a los propios “revolucionarios, tan pronto corrompidos. Ellos hicieron hermético, insensible, al pueblo mexicano que, por primera vez, en su historia, había despertado (Paz, Octavio, Primeras letras (1931-1943), Barcelona, Seix Barral, 1988, p. 260).

Anuncios