MANUEL FERRER

Blog personal de Manuel Ferrer Muñoz


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Mourinho

Admito que, al empezar a redactar estas líneas, casi caigo en la tentación del a/o. Y es que, en efecto, mourinho en portugués es morito, y ya se sabe, no hay morito sin morita; sin contar con el agravio que se infiere a la Inquisición feminista si se omite la referencia al género.

Pero no. Hoy me preocupa el personaje: un portugués –varón, con perdón- que se dedica profesionalmente a entrenar equipos de fútbol, y que ahora desempeña esas tareas en un club español: el real Madrid: el uso de la minúscula es un reconocimiento de la declinante trayectoria de una institución deportiva que conoció tiempos mejores y que, por obra y gracia de Mourinho, ha perdido miles de seguidores.

Mourinho, que ya ha traspasado el umbral del medio siglo, debe de ser un buen hombre: muy amante de la familia, si hemos de creer la imagen que de él transmiten los medios de comunicación. Mourinho –Mou para los amigos- se equivoca, sin embargo, cuando se exhibe altanero ante la prensa y se recrea en comentarios antipáticos y victimistas. Se equivoca también cuando siembra la frustración entre los jugadores que están a sus órdenes. Se equivoca cuando insinúa que el año que viene levantará el vuelo en busca de equipos donde pueda sentirse más querido. Tal vez, como su pupilo Ronaldo, esté triste porque se siente mal pagado o porque no le valoramos en su justa medida.

Mourinho es el hombre que siempre acumula razones para sentirse acosado y perseguido: los árbitros, la prensa, el público del Bernabeu, Casillas y la madre que lo parió. Parece que a Mourinho no le enseñaron a reírse de sí mismo; y ante la vivencia habitual de la incómoda exposición a los medios se vuelve cada día más odioso: él que no carece de encanto y de simpatía.

Lo que pasa es que a Mourinho le falta el señorío de Vicente del Bosque, la chispa de Luis Aragonés, la clase de Manuel Pellegrini, la experiencia de Alex Ferguson, el saber perder de los chicos del Mirandés. Mourinho carece de la discreta humildad que tan bien personifican sus compatriotas portugueses. A Mourinho le sobran el ego, algunos asesores y colaboradores, mucha petulancia y muchas malas pulgas y, sobre todo, una obsesión enfermiza por ganar y por lo que pueda llegar a ser de él el día de mañana si, como resulta previsible, fracasa en el Madrid en esta temporada.

Amigo Mou, déjese de necedades, trabaje sin ruido y cuide de su equipo, que usted sabe hacerlo como muy pocos. Y verá que así logrará el subcampeonato de la Liga BBVA, que no es poco para lo justo de méritos que anda su plantilla.

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Sinvergüenzos/as

¿Quién dijo que la condición de sinvergüenza sea privativa de las mujeres, como maliciosamente insinúa el género de la palabra?: la severidad de la Inquisición de las feministas émulas de los talibanes aconseja andarse con prudencia, y no es cuestión de desafiarlas, que son legión y tan radicales que dejan en mal lugar a los talibanes afganos.

El sinvergüenzo/a añade a la condición del corrupto -viejo conocido nuestro- la desfachatez, el atrevimiento y un cierto aire de desafío chulesco. Comete actos delictivos en provecho propio y de la querida (o del querido, que se estila cada vez más), si hace falta, y poco o ningún remordimiento le queda, si la trapacería termina con provecho.

Mientras el corrupto es pura suciedad, basura, final de un proceso, el sinvergüenzo/a es un bribón descarado, un frescales, que, aunque toque fondo en la inmundicia en que desemboca su conducta, mira con picardía a su alrededor por si acaso hay algo más que arañar y que apañar, y estruja su mollera en busca de nuevas tretas para estafar al prójimo.

Podría pensarse que el sinvergüenzo/a encaja en dos estereotipos de la “gente tóxica” que con tanta brillantez ha descrito la psicóloga estadounidense Lilliam Glass: los sociópatas y los arrogantes presuntuosos, por cuanto éstos se valen del encanto o del engaño. Pero no: el sinvergüenzo/a no carga consigo negatividad ni obra por celos, odio o envidia, ni se siente portador de desgracias. La gente tóxica es, en palabras de Antonio Machado, “mala gente que camina y va apestando la tierra”; y el sinvergüenzo/a, aunque no morirá en olor de santidad, suele gustar del aroma de perfume caro e incluso resulta simpático en el superficial círculo de sus amistades.

No falta, pues, al término sinvergüenzo/a una connotación positiva, ya que se aplica también a quien posee habilidad para engañar sin maldad y para no dejarse engañar. Ahí queda el testimonio para el recuerdo de Sinvergüenza pero honrado (1985), película mexicana que dirigió Rafael Villaseñor y que contó en el reparto con Vicente Fernández, Blanca Guerra, Cecilia Camacho y Aurora Alonso.

En lo que atañe al autor de estas líneas, el sustantivo vergüenza rememora un consejo sabio que oyó referir hace mucho tiempo a una persona santa: “vergüenza sólo para pecar”.


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Corruptos/as

Entrada ya la segunda década del siglo XXI -cómo corre el tiempo-, de pocas cosas podemos presumir los españoles.

Hay, sin embargo, un ámbito privilegiado donde se han alcanzado notabilísimos avances: el de la corrupción. Sí, ciertamente podemos decir con la frente bien alta que hemos logrado que la corrupción permee toda la sociedad.

Por eso, quienes se escandalizan de los episodios protagonizados por personajillos de todas las formaciones políticas, de ámbito nacional y de ámbito autonómico, y preconizan remedios draconianos para prevenir la aparición de nuevos casos, incurren en la ingenuidad de pretender poner puertas al campo.

La corrupción es, en España, casi equivalente a la insignia nacional, por lo que sorprende que no aparezca como una de las señales identitarias de la “Marca España”, ese espantajo publicitario que promueven desde el gobierno de Madrid (con minúsculas, por Mentiroso: revísese, si no, el programa electoral con que se encaramaron al poder).

Corruptos muchos -¡muchísimos!- políticos, nadan a gusto en aguas corruptas muchos de los miembros de la abogacía y del poder judicial (que no se merece el uso de las mayúsculas), del mundo de la enseñanza, de la empresa, ¡de la banca!, de los negocios pequeños y grandes. Como en el caso de Grecia o de Italia –por citar sólo dos casos notorios del Viejo Continente-, la corrupción está instalada en todas las clases sociales y políticas.

Y como la corrupción es un cáncer, que crece sin medida y todo lo invade, el país que se dejó atacar por esta vergonzosa lacra pierde su crédito exterior y se corta a sí mismo las alas que podrían elevarlo sobre la miseria campante.

Resulta difícil no desembocar en una conclusión que no coincida con la leyenda que en la Divina Comedia aparece inscrita en la entrada del infierno: lasciate ogni speranza voi ch’intrate!


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Rescate, no, por favor

¡Virgencita, Virgencita, que me quede como estaba!

El viejo chiste ha vuelto a cobrar actualidad. Los rescates de Grecia y de Portugal a cargo de una Unión Europea que sigue dócil y gregariamente los dictados de Alemania muestran que la ciudadanía de los países rescatados es la encargada de pagar los platos que otros rompieron. Muy gracioso e ingenioso el método para cuadrar las cuentas de Estados en quiebra por la irresponsabilidad de sus gobernantes y la codicia de los banqueros.

Que pregunten, si no, a griegos y portugueses. Amenazados estos últimos por una brutal subida de impuestos en el año que apenas comienza, Grecia –en palabras de un reputado escritor de esa nacionalidad, Petros Markaris- es ya un país desesperado.

Menos mal que aún quedan voces dignas, como la de Václav Klaus, presidente de la República Checa, que alertan sobre la “invisibilidad” del dominio alemán y ponen en la picota a los grises burócratas de Bruselas, alejados de la realidad y del día a día de millones de personas que sirven de cobayas a sus experimentos de aprendices de brujos.