MANUEL FERRER

Blog personal de Manuel Ferrer Muñoz


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La impotencia del jefe Raoni

Raoni

La historia de un llanto distorsionado y de la lucha por la preservación de los recursos naturales

http://sociedad.elpais.com/sociedad/2011/07/08/actualidad/1310076002_850215.html

 

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Recuerdos de periodista

marquez

Este artículo de García Márquez, publicado en El País hace más de treinta años, el 16 de diciembre de 1981, no sólo es una joya literaria sino un emotivo testimonio cargado de nostalgia de su experiencia periodística como corresponsal en Cuba, poco antes del desembarco de la bahía de Cochinos.

El relato muestra al vivo la personalidad del escritor recientemente fallecido, la ilusión con que vivía la profesión periodística, su sentido de la amistad.

El contenido del artículo no deja de sorprender por el talento ingenioso de un buscador de noticias como Jorge Ricardo Masetti, la audacia temeraria de Rodolfo Walsh o la densa humanidad de García Márquez, “ese liberalito tranquilo”.

http://elpais.com/diario/1981/12/16/opinion/377305211_850215.html


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Manuel Ferrer. Las historias nacionales

teun

Una faceta importante de mi actual investigación en el Instituto de Altos Estudios Nacionales de Quito gira en torno a La historia ‘nacional’ ecuatoriana, y me planteo la siguiente pregunta: ¿un ornamento inútil o la clave para la comprensión del presente?

El artículo que transcribo ahonda en el modo de la enseñanza oficial en las escuelas de Holanda hace veinte años, tal y como lo contempló Teun van Dijk en su libro libro Racismo y discurso de las élites.

Les recomiendo la lectura completa del artículo, publicado el pasado 13 de marzo por el Boletín del Portal del Conocimiento sobre África:

http://www.africafundacion.org/spip.php?article16740


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Cuentos africanos

cuentos

Ahí les va un interesante y educativo mensaje para los niños, que ayer estrenaron vacaciones…. y también para los mayores.

Mi amiga Paula Pimentel, que me facilita la pista, dice estar fascinada con estos cuentos tan cercanamente relacionados con las raíces de África, el Continente hermano.

http://espanolparainmigrantes.files.wordpress.com/2010/01/irene-en-senegal.pdf


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¿Podemos?

podemos

Todo el mundo sabe que Podemos –heredero del 15M- dio la campanada en las elecciones europeas, en las que obtuvo cinco escaños y 1,2 millones de votos, que no está mal para empezar: de un solo salto se han convertido en la cuarta fuerza política más votada de España. Por eso resulta obligado preguntarse por el programa que defiende este partido y si sus propuestas son viables, o meros brindis al sol, merecedoras de la ‘criminalización’ ya emprendida desde los partidos tradicionales.

Encontramos una síntesis de lo que Podemos propugna en materia económica en Expansión, 26 de mayo de 2014, que no duda en calificar sus recetas de radicales.

Y, en efecto, la lectura de sus aspiraciones nos sitúa en un terreno cercano a la utopía. Ahora bien, si la política económica seguida por los últimos Gobiernos de España se califica de sensata y realista, ¿no será preferible jugárnosla y apostar por un proyecto rompedor con el establishment, que ya sabemos adónde nos ha conducido sin que haya atisbos de que acierte con los mecanismos para salir del atolladero? ¿No será mejor anteponer la audacia de una apuesta arriesgada a la rutinaria aceptación de un modo inmoral de gestionar la economía, que se olvida de los ciudadanos de a pie y sólo tiene ojos para la macroeconomía, para la banca, para el arreglo de las cuentas del Estado? ¿No abre Podemos un modelo político susceptible de provocar un efecto dominó en otras sociedades europeas y propiciar, a medio plazo, un reajuste del actual sistema de partidos que convierta en minoritarios a los que durante tantas décadas han copado el poder y se han enriquecido a costa del erario?

La coyuntura actual reclama un proceso revolucionario que acabe con unos modelos de gestión obsoletos, con unos privilegios intolerables, con una desvergonzada corrupción que todo lo invade. Y Podemos señala el arranque de un camino respetuoso con las instituciones, y no violento, que puede significar el inicio del fin de un sistema agotado y sostenido sólo por los intereses en juego.

Por supuesto, como propone Podemos, hay que evaluar el grado de ilegitimidad de muchas deudas contraídas por dolo de las instituciones que ofrecieron los créditos; y perseguir con mayor dureza los delitos fiscales; y establecer tipos impositivos para las grandes fortunas, y reducir la jornada laboral, de modo que trabajemos para vivir, y no vivamos para trabajar. Eso no es radicalismo sino reconocimiento del valor de la persona y aprecio de la justicia. La política como arte consiste en hacer posible las ensoñaciones y en realizar utopías. Otra cosa es la política como negocio, como pesebre.

Podemos debe actuar en los próximos meses con la sensatez y prudencia política que tapen la boca a quienes, desde la prepotencia de sus posiciones acomodadas, se atreven a descalificar su proyecto con el argumento de que “la ley les importa poco”.

En posteriores artículos seguiremos ocupándonos de este inesperado fenómeno y de los desafíos a que ha de hacer frente para no defraudar a quienes depositaron en él su confianza, en un auténtico acto de fe. Hoy hemos querido detenernos un momento a considerar su programa económico, que es el que más asusta a los especuladores que persiguen sólo la ganancia individual y desprecian la noción de bien común.

Por supuesto, no es oro todo lo que reluce. Podemos encierra no pocas contradicciones y afronta la dificultad de conciliar el proyecto elaborado por sus fundadores con las demandas de unas bases más y más exigentes. Pero tampoco se concilia con la verdad la identificación de los votantes de Podemos con los asaltantes del Congreso de Diputados.

Y una recomendación antes de despedirme: cotejen el artículo ya citado de Expansión con el Documento Final del Programa Colaborativo de Podemos.


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Colombia, pasado y presente

colombia

“¿Cómo se sostiene una sociedad en la que todos saben que prácticamente nada funciona? Desde los teléfonos públicos que no sirven para hacer llamadas hasta los puentes que no sirven para ser usados y los funcionarios públicos que no sirven para atender a las personas y las fuerzas armadas que no sirven para defender la vida de los ciudadanos y los jueces que no sirven para juzgar y los gobiernos que no sirven para gobernar y las leyes que no sirven para ser obedecidas, el espectáculo que brindaría Colombia a un hipotético observador bienintencionado y sensato sería divertido si no fuera por el charco de sangre en que reposa” (Ospina, William, ¿Dónde está la franja amarilla?, Bogotá, Grupo Editorial Norma, 1997, p. 14).

Este amargo retrato, trazado en 1997, intenta caracterizar a la sociedad colombiana de fines del siglo XX, sumida en el pozo de la pobreza, la corrupción, el imperio de los cárteles de la droga, la violencia guerrillera, la desmoralización en todos los órdenes de la vida ciudadana.

Desde entonces hasta hoy, transcurridos más de quince años, algunas de las sombras de ese cuadro se han aclarado. Pero prevalecen las razones de fondo que movieron a Ospina a dibujar un panorama tan tremendo.

Las guerras civiles que se sucedieron desde la independencia de Colombia, continuadas por los conflictos de las guerrillas, nunca terminaron con el hallazgo de un espacio común de convivencia. Los privilegios de la vieja sociedad modelada durante los siglos de dominación española nunca se extinguieron, sólo cambiaron de depositarios; y la proclamada igualdad ante la ley nunca ha dejado de ser –como mucho- una bienintencionada y tímida aspiración utópica traicionada por un cúmulo inconmensurable de corrupción rampante.

El materialismo práctico de las sociedades occidentales capitalistas del siglo XX –sociedades opulentas, que sustituyeron la trascendencia por la comodidad- echó raíces profundas en Colombia y contribuyó a agrandar las diferencias entre quienes viven en la prodigalidad más insultante y quienes de todo carecen y codician abierta o discretamente las riquezas ajenas.

El culto al cuerpo convirtió a muchas de las mujeres colombianas en carne de quirófano en obsesiva busca de medidas ideales, de pechos descomunales, de rostros de princesas. A las niñas se les ha robado la infancia con los ridículos concursos de belleza en las escuelas, alentando neciamente su ingenuo afán de preadolescentes que las impulsa a vestir y comportarse como señoritas que no aún son. Y los jovencitos se miran en el espejo de artistas, cantantes, pandilleros o narcos: encantados de haberse conocido a sí mismos, carentes de seso y abotargados en su intelecto por una estupidez que, si no es congénita, ha sido adquirida con meritorio esfuerzo.

La indiferencia por lo que no nos atañe de modo directo nos impide fijar la vista en las necesidades de quienes se cruzan en nuestro camino. No tenemos ojos para los pobres ni para los viejos ni para los niños pequeños ni para los feos. El endurecimiento del corazón se traduce en las miradas endurecidas, incapaces de percibir la emoción que causa la inocencia de los niños de pocos meses. Sólo miramos alrededor para asegurarnos de que nadie nos sigue con intención de asaltarnos o para contemplar con descaro a una mujer bonita o un carro lujoso, que igual da: hasta esos extremos se ha cosificado a la mujer.

Muchos de los que piden una limosna y son rechazados, aun con buenas maneras, envuelven al otro en una mirada de odio y no escamotean maldiciones en voz baja o no tan baja. Se retiran babeando insultos mientras componen la cara para la siguiente representación que, casi con certeza, terminará como la anterior con injurias proferidas sotto voce.

Las calles de muchas ciudades de Colombia son testigos de cruces de insultos, cuando no de golpes entre automovilistas o peatones o entre unos y otros. Quedaron relegadas al olvido las normas de urbanidad que aprendimos de nuestros abuelos, porque en la selva urbana no hay espacio para el respeto ni la cortesía.

Y después de este listado de desafueros y calamidades, ¿debe extrañar que muchos conciudadanos pensaran en espacios geográficos lejanos para escapar de la pobreza, la opresión, el miedo, la prepotencia de los que mandan olvidados de su condición de servidores públicos?

Urge, pues, movilizar las reservas de la conciencia cívica y auspiciar programas que recuperen lo que quizá fue Colombia en otro tiempo, o propicien un futuro que corte amarras con un pasado envilecido. En esa tarea de gigantes, la educación cumple un papel fundamental; pero lo grave es que los primeros educadores son los padres. ¿Y están capacitados los padres colombianos para anteponer los valores a sus comodidades?